Accesibilidad: de lo individual al hecho social

Todos los informes sobre la accesibilidad de los sitios web, en cualquier parte del mundo, muestran resultados homogéneamente lamentables (consulten, por ejemplo, la Auditoría Global de la Accesibilidad Web encargado por la ONU a la empresa Nomensa).
La pregunta obligada es por qué han fracasado hasta el momento los esfuerzos por extender la adhesión a los […]


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Todos los informes sobre la accesibilidad de los sitios web, en cualquier parte del mundo, muestran resultados homogéneamente lamentables (consulten, por ejemplo, la Auditoría Global de la Accesibilidad Web encargado por la ONU a la empresa Nomensa).

La pregunta obligada es por qué han fracasado hasta el momento los esfuerzos por extender la adhesión a los principios del diseño accesible y demuestran ser tan poco efectivas todas las medidas tomadas en ese sentido, incluyendo leyes en diversos países que intentan imponer al cumplimiento de las pautas de accesibilidad.

A pesar de toda la energía puesta en lograr una web un poco mejor, la accesibilidad no logra trascender más allá de ciertos grupos limitados, esforzados predicadores de las ventajas de aplicar las recomendaciones sobre accesibilidad que son ignorados tenazmente por una multitud de diseñadores más preocupados por la hermosura de sus páginas que por solucionar sus disparates sintácticos.

Obviando casi toda argumentación (después de todo un post tiene límites más estrechos que una monografía), vamos a decir que una de las causas principales del problema es que la accesibilidad es un atributo oculto y demanda mucho esfuerzo ponerla en evidencia.

Exceptuando a quienes sufren directamente las consecuencias de la falta de accesibilidad, es muy limitado el número de personas que logran penetrar los misterios de las pautas de accesibilidad, entender el porqué de cada una de las muchas recomendaciones que allí se hacen y, especialmente, conocer las operaciones que se necesitan para cumplirlas.

Para peor, de los distintos acercamientos a la evaluación de la accesibilidad que se describen en una serie de documentos del Consorcio Web, se toma el método destinado a evaluar la conformidad con los estándares de accesibilidad como el sistema de revisión único y excluyente.

Este método es el único que permite comprobar si una página alcanza alguno de los niveles de conformidad definidos en las pautas de accesibilidad (A, doble A y triple A) pero la revisión exhaustiva demanda mucho tiempo y, si le sumamos que se requiere de un equipo de expertos para hacer el trabajo, el resultado es un costo económico demasiado elevado para casi todo el mundo.

Y como a los métodos automáticos se los concibe apenas como limitados auxiliares de la revisión manual (cuando no se les teme como a enemigos naturales de las buenas artes de la evaluación), el lento, costoso y muy especializado sistema de evaluación manual es considerada la única opción válida y aceptable.

Como consecuencia la web continúa plagada de páginas vírgenes de toda preocupación por los estándares (aún aquellas que deberían cumplir ciertas leyes al respecto) o atestadas de íconos y declaraciones de conformidad con las pautas de accesibilidad aún sin cumplir con los mínimos requisitos de esas pautas.

Y la razón es sencilla: ¿si yo, como propietario del sitio, no hago un escrupuloso trabajo de revisión de la accesibilidad, quién se entera? Casi nadie aparte de los directamente damnificados (pero estos, acostumbrados a lidiar a cada paso con páginas indescifrables, tenaces fabricantes de estrategias de supervivencia online y, quizás, escépticos sobre el real alcance de las leyes vigentes, constituyen una minoría silenciosa). También lo pueden saber los expertos pero estos son muy escasos y no pueden darse el lujo de regalar alegremente su tiempo para revisar los millones de sitios que pueblan la web.

La falta de accesibilidad, entonces, queda encerrada dentro de límites prácticamente individuales. El discapacitado que no puede acceder a una página, el que se atreve a usar un dispositivo infrecuente, el que no se encuentra en idéntica situación que el desarrollador, el perito capacitado para determinar si la página es o no accesible y quien pueda llegar a enterarse por alguno de los anteriores.

Poniendo apenas una punta del pie dentro de la rama sociológica, podríamos decir que es necesario convertir al cumplimiento de los estándares sobre accesibilidad en un hecho social de modo que llegue a formar parte de aquellas prácticas generalmente conocidas y aceptadas, cuya transgresión sea motivo de sanción colectiva.

Para que esta utopía tenga una mínima chance de cumplirse será necesario contar con un mayor protagonismo de los sistema automáticos ya que, si bien no pueden atestiguar la conformidad con las pautas, su facilidad de uso, su velocidad y su total imparcialidad los convierten en el único medio factible de llevar un control más extendido de la accesibilidad en la web.

Solamente contando con más y mejores herramientas automáticas se podrá hacer conocer al gran público las arbitrariedades de muchos cínicos, poner en evidencia a los simuladores y dar un justo reconocimientos a aquellos que, a pura conciencia y compromiso íntimo, se esfuerzan por mejorar de verdad su trabajo.

Disculpen ustedes el estilo panfletario del párrafo anterior. No es mi intención adoctrinar a nadie sino exponer con algo de vehemencia mi convencimiento de que hay caminos aún sin recorrer e ideas por desarrollar. Algunas de esas ideas serán tema de otros posts. Buenas noches.

15 Mayo 2007. Guardado en: General — examinator @ 14:29

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