Noviembre 15, 2000
Por Claudio A. Cooper Mendoza titular de Domus Robótica Ambiental.
En estos días (Noviembre de 2000) se difunden un par de publicidades en las que renombrados futbolistas y basketbolistas compiten con jugadores ciegos y disminuidos motrices en base a reglas de juego que los equiparan: fútbol con antiparras opacas y basket en sillas de ruedas. El mensaje es que para poder competir lo importante son reglas de juego parejas.
¿Y en el resto de las actividades cotidianas? ¿hay reglas de juego parejas? Escribo esta nota delante de mi computadora, equipado con un par de lentes que me habilitan, ya que subsanan mi miopía y astigmatismo: sin ellos me sería imposible escribir. Es más, sospecho que hace 100 años, la indisponibilidad de esta tecnología (los anteojos) me hubiera relegado a la marginación, impidiendo no sólo mi formación profesional, sino incluso la más elemental alfabetización. Los anteojos, tecnología desplegada y apropiada, me habilitaron e integraron: es una regla de juego que empareja con la sociedad. Me permitieron ser un capaz.
Generalizando, es apropiado sostener que la discapacidad no es un atributo propio de los seres humanos, que nos clasificaría en capaces/incapaces, sino la resultante de la restricción con que la tecnología disponible se despliega.
Soy titular de Domus Robótica Ambiental, empresa que ha desarrollado H2Ok!, tecnología para automatizar instalaciones sanitarias públicas. Seguramente todos los lectores habrán tenido la oportunidad de haber hecho uso de la misma en más de una oportunidad: presentar las manos ante una canilla, que el agua salga sólo en ese momento, y se corte cuando se retiran; o hacer uso de los inodoros y que estos se descarguen sin que sea necesario accionarlos manualmente. El mismo principio aplicado para las luces, mingitorios, duchas, jaboneras y secamanos.
Originalmente la tecnología fue desarrollada para hacer eficiente el uso del agua: las canillas permanecen cerradas salvo que alguien las necesite; en nuestro caso, ya que el sensor se instala en el techo, logramos reducir el mantenimiento correctivo a cero (no puede tocarse, no se va a romper); además, se propende a la higiene, ya que no es necesario que los usuarios compartan pulsadores con el prójimo.
Pero rápidamente encontramos que la automatización tiene un claro sentido habilitador e integrador: presentarse y ausentarse ante el dispositivo sanitario son las únicas condiciones para su uso. Niños o personas de escasa estatura, ancianos sin fuerza, disminuidos visuales, neurológicos o motrices, etc., quedan habilitados para el uso confortable de los sanitarios públicos agregando, además, su integración al medio social: un sanitario automatizado extiende su servicio a un amplio espectro hoy excluido.
Piénsese en lo restrictivo que es cualquier pulsador mecánico, para los que son necesarios fuerza física, habilidad manual y alcance.
Como en el caso de los anteojos, las rampas o los colectivos de chasis bajo, la automatización sanitaria habilita e integra.
En las últimas 2 décadas hemos asistido a una aceleración de la disponibilidad técnica que permite afirmar indubitablemente que la tecnología hoy se consigue por kilo, y su aplicación está a la mano de quien diseñe y proyecte pensando proactivamente en la habilitación.
Además, la economía de la automatización no hace más que consolidar aún más esa posibilidad. En primer lugar, la automatización sanitaria agrega menos del 0,8 por mil de inversión adicional en proyectos edilicios tales como confiterías, oficinas de atención al público, estaciones de ferrocarril, de servicio, hospitales públicos, hipermercados, shoppings, cines, etc. Y a esto se le suma una muy rápida recuperación de la inversión, menos de 15 meses, asociada a la reducción a cero del derroche del agua y del mantenimiento correctivo.
La conciencia social y el desarrollo de políticas públicas, junto con la actualización profesional de las actividades proyectuales son las condiciones para habilitar e integrar a los discapacitados en los sanitarios públicos: la técnica ya está disponible.
